
Liliana, de 11 años, veía fantasmas en su colegio. Había una monja en la entrada: una mujer blanca, joven, alta, hermosa y de ojos azules. Liliana la veía, pero la ignoraba. No se atrevía a contarles a sus padres, a sus compañeros ni a sus maestros. Cuando la niña tenía rabia, la monja aparecía con los ojos rojos y se reía de forma macabra:
—La niña Liliana está enojada, la niña Liliana está enojada.
Cuando eso sucedía, estando sola o acompañada, Liliana se quedaba petrificada durante unos segundos y luego seguía con lo que estaba haciendo, ya que nadie podía darse cuenta de lo que realmente estaba pasando.
Una tarde hicieron un bingo en el colegio y Liliana estaba asustada sin saber por qué. Entonces, fue al baño a lavarse la cara y, en medio de aquella experiencia sobrenatural, encontró a un niño de cinco años que le gritaba:
—¡Loca, loca!
De inmediato, salió corriendo.
La niña se calmó, pero una hora después veía por todas partes, incansablemente, el número 6 ensangrentado: en los ojos y en el suéter que tenía puesto el niño fantasma. Era terrorífico.
Después de aquella escena, la niña corrió a los brazos de sus padres para contarles todo, pero despertó en su cama dando gritos por la pesadilla que había tenido. Nadie llegó a verla. Todos estaban profundamente dormidos.
Sucesos tan extraños como esos no se olvidan.
Al día siguiente, Liliana fue a la escuela y, cuando entró al baño, vio al niño… Llegó petrificada al salón y se desmayó. Llamaron a sus padres y a una ambulancia. Al llegar al hospital, vio en los ojos del médico el número 6.
La niña intentó calmarse, pero escuchó una voz misteriosa:
—Fueron seis intentos para que estuvieras hoy aquí. Tu madre perdió seis bebés y tú eres el milagro.
El médico le realizó los respectivos exámenes y todo salió bien. Entonces, llegó a la conclusión de que quizá se trataba del estrés de los exámenes del colegio. Liliana no dijo nada.
La abuela de la niña quería ser monja, pero no logró cumplir ese sueño. Había muerto hacía tres años. ¿Acaso la abuela era el fantasma?
Pasaron los años y Liliana nunca les contó nada a sus padres. Algunas veces tenía pesadillas con el número 6, pero seguía adelante como si nada hubiese pasado.
Durante esos años, Liliana creció con cierto temor a convertirse en madre.
A los 23 años tuvo su primer hijo, Sebastián. Tres años después, empezó a darse cuenta de que era muy parecido al niño fantasma. Volvieron la intranquilidad, el estrés y la ansiedad.
Liliana decidió contarles a sus padres todo lo sucedido. Les dijo que no podía más: habían regresado las pesadillas, a veces no podía mirar fijamente a su hijo y tenía fuertes crisis. Quizá la solución era ir al psiquiatra.
Fue con sus padres y empezó un tratamiento. Durante diez días se sintió muy bien, pero después tuvo una crisis tan fuerte que se sintió incapaz de realizar actividades básicas de su vida personal, laboral y del hogar.
Liliana vivía únicamente con su hijo, pero cerca de sus padres. Fueron nuevamente al psiquiatra y esta vez decidieron internarla. La hospitalización sería de tres meses, aunque podría salir antes si mostraba mejoría.
Mientras tanto, Sebastián quedó al cuidado de sus abuelos.
Una lluviosa y oscura noche, Liliana soñó con la abuela. Ella le dijo que Sebastián era un regalo, que no debía tenerle miedo por su parecido con aquel niño y que debía amarlo con todas sus fuerzas.
—¿Qué es lo que sucede, abuela? ¿Por qué me intranquiliza tanto mi propio hijo?
La abuela la miró durante unos segundos.
—Sebastián no tiene la culpa de tus miedos. Hay cosas que viste cuando eras niña que todavía no comprendes.
—¿Y el número 6?
—Antes de que nacieras, tu madre perdió seis bebés. Tú fuiste el milagro.
Liliana se quedó en silencio. La abuela acababa de confirmar lo que aquella misteriosa voz le había dicho años atrás. Todavía quedaban demasiadas preguntas.
—Entonces, ¿quién era el niño?
La abuela no respondió.
—¿Y la monja eras tú?
La mujer sonrió.
—No puedes tener todas las respuestas al mismo tiempo. Aprende a discernir, Liliana. Lo sobrenatural no siempre es lo que parece.
—Pero ¿por qué se parecía a Sebastián?
La abuela comenzó a alejarse.
—Ama a tu hijo.
—¡Abuela!
Liliana intentó alcanzarla, pero despertó. Al salir del hospital, encontró a Sebastián. Lo miró y lo abrazó. Por primera vez, consiguió contemplar su rostro sin buscar en él al niño del baño.

